
Acerca de
Una biblioteca personal nos dice mucho de alguien. Nos dice, por ejemplo, qué inquieta su curiosidad, qué preguntas se hace, qué búsquedas acompañan su paso por la existencia. Nos dice asimismo con quién dialoga en su presente y su pasado, a quiénes invita a volverse sus compañerxs de viaje, tanto en comunidad como en disenso. Una biblioteca personal es un registro concreto de la actividad única, insustituible y radicalmente subjetiva de alguien, de las vidas y ondulaciones de su espíritu.
La biblioteca personal es también una forma de tener a los otros presentes en el espacio íntimo de la casa. Es una forma de hacer un poco más públicos y abiertos nuestros interiores, de demoler la falsa dicotomía capitalista entre lo público y lo privado, así como leer y escribir son formas de desprivatizar el espacio espiritual, ofrecerse uno mismo como dialogante en una conversación inagotable y fértil, ofrecerse también como alguien que escucha.
Las formas más abiertas del proceso desprivatizador de hacer bibliotecas son, desde luego, las bibliotecas públicas y comunitarias, esos espacios en donde la libertad intelectual anda, como quien dice, “a sus anchas”; en donde todas las personas pueden contemplar y sentir, con fascinación y repulsión trenzadas, esta forma de ser extraña y contradictoria que acordamos llamar humanidad. En donde aprendemos sobre las injusticias del mundo actual y pasado. En donde encontramos esperanza y energía para “permanecer en la lucha” como dice Haraway.
Si la lucha social, piensa ayer mi mente durante alguna visita a la Biblioteca José Vasconcelos (mientras leo en aquel momento un libro de historia) venció al derecho divino de reyes y al colonialismo, podemos también cortarle la cabeza al capitalismo, a las hegemonías actuales, al cambio climático (que no se nos olvide que el problema es una hidra). Una biblioteca da esperanza; invita al espíritu a conocerse para rehacerse, a crear formas nuevas sin estados-nación ni división sujeto-objeto, sin imperialismos ni colonialismos, sin racismos ni misoginias, sin discriminaciones ni explotaciones. A saberse en radical subjetividad y colectividad con todos y toda la vida en el planeta. Aunque algunos se empeñan en que algunxs no quepamos, una biblioteca es y ha sido siempre un espacio liberado en donde podemos experimentar ese mundo donde caben muchos mundos del que hablan los zapatistas. (Vivirlo aunque sea de forma utópica, pues ese mundo solo puede florecer tras un cambio radical del modo de producción a escala mundial).
La biblioteca personal es fundamental para el proceso de creación literaria. Si le preguntáramos a Walter Benjamin, nos diría que los escritores “escriben impulsados no ya por la carencia sino por la insatisfacción de los libros que pueden comprar pero que no les gustan”. La biblioteca personal del escritor nos muestra los resortes de su acto literario, las fricciones y alteridades que los textos en el librero ayudaron a crear, que su escritura resanó con su mirada, con la semilla de su libre asociación sembrada en un obsequio para el futuro.
Hace algunos años, durante una aventura de investigación, visité la casa de Luis Zapata para consultar su biblioteca personal. Para quienes no lo conozcan, Luis Zapata ha sido un escritor fundamental en la tradición literaria jota mexicana y latinoamericana. Fui preguntándome sobre la circulación internacional de La ciudad de la noche de John Rechy, novela clave de la literatura de escritores latinxs cuir de Estados Unidos, publicada en 1963. Había visto la novela en la biblioteca personal del poeta mexicano Abigael Bohórquez y, más tarde, en la casa de Robert Brady, un agente cultural del México burgués que vivió en Cuernavaca. Mi intuición era que esta novela estaría en los libreros de Zapata y lo estuvo. O sea, la narrativa de Rechy tocó los procesos creativos de varias figuras culturales importantes en el México de finales del siglo veinte.
Me pareció que otrxs investigadorxs podrían encontrar en su biblioteca inspiración para sus propios proyectos y preguntas, así que pensé en hacer un catálogo digital accesible desde cualquier espacio. Un semestre antes había tomado una clase de humanidades digitales, por lo que estaba pasando por una manifestación particularmente intensa de eso que los gringos llaman “momentum”: una especie de disposición enérgica al hacer que se sabe momentánea (de ahí el término y de la física) y por lo tanto se debe aprovechar en cuanto se vive. Este catálogo digital es el resultado de ese trabajo, que no hubiera sido posible sin la ayuda, confianza y generosidad de otros: Tadeo Zapata y Martín Zapata, Michael K. Schuessler y Christian Piedra Berchelt y, sobretodo, Alex Gil. Un trabajo imposible también sin la beca del centro de estudios LGBT de Yale que me ayudó a solventar gastos.
Catalogué todos los libros a los que tuve acceso, que fueron más de dos mil (difícil no sucumbir al fetiche capitalista de la cantidad). Mucha literatura hispana y latinoamericana, como es de esperarse. Mucha también en lenguas europeas, principalmente inglés, francés y portugués; y no falta el alemán: Luis Zapata fue políglota y traductor. Libros de cine y de teatro, sus pasiones personales y creativas como bien sabemos. Poesía y pensamiento crítico para hidratar la lengua y las ideas. La antología de Gay Sunshine Press, en donde Zapata colaboró desde la literatura con los movimientos por la liberación jota de Estados Unidos. En suma, las huellas vivas de una existencia que contribuyó a abrir y democratizar la cultura literaria, proceso que no ha terminado.
Hay un libro del catálogo que no ha dejado de pulsar mi memoria. Es una copia de El laberinto de la soledad. La portada original es solo la imagen de un nopal. La copia de Zapata tiene una fotografía de un ave adherida a la portada. Es como si el escritor nos invitara a tomar acción desde nuestros espacios, a cambiar, como él cambió, junto con muches otres, su realidad.
Hay que seguir luchando y trabajando, sugiere la intervención del escritor, para que esa ave pueda contar con un cielo libre, limpio y respirable en donde pueda volar.
New Haven
2026